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¿Te preocupa cómo gestionas tu tiempo?

Una de las cosas que más nos preocupa, casi tanto como la conciliación, es si hacemos una buena gestión de nuestro tiempo. En la encuesta que realicé a 175 mujeres, el 62% indicó que se sentía preocupada por este tema. 

Esto me hizo reflexionar acerca de lo que me había ayudado a mí a poder trabajar menos horas aportando (el mismo o incluso me atrevería a decir que más) valor para el negocio. Y lo que observé es que, lo que realmente me había ayudado, no eran sólo los trucos o estrategias para organizarme mejor, sino un montón de otros temas que probablemente no parecerían tener relación con la productividad a simple vista. Así que me animé a compartir mi experiencia esperando que esta pueda ayudarte.

En los 14 años en los que trabajé por cuenta ajena, me di cuenta de que el trabajo de oficina parece que nunca se acaba… El límite, en muchas ocasiones, estaba donde yo decidía ponerlo. De la misma forma, si en algún momento puntual bajaba mucho el volumen de trabajo, era yo quien se «inventaba» algo nuevo que me seguía haciendo ir a tope. Recuerdo que había épocas en las que era totalmente incapaz de poner límites y trabajaba de media 10 horas al día. Otras en cambio lograba salir a una hora decente y desconectar bastante del trabajo cuando salía de la oficina. Me di cuenta de que, a pesar de que hubiera mayor o menor presión externa, en realidad era yo quien se autoexigía dar el 300%. Así que empecé a plantearme ¿por qué necesito dar siempre el 300% cuando esto incluso tiene consecuencias para mi salud? ¿Cuánto tiempo quiero dedicar realmente a mi trabajo? ¿Cuánto a mi familia/amigos/pareja? ¿Cuánto para mi misma? ¿Qué pasa cuando trato de poner esos límites? ¿Lo consigo o me autosaboteo? 

Fue cuando empecé a hacer desarrollo personal que observé que mis vivencias y creencias eran las que hacían que mi agenda y lista de tareas siguiera siendo interminable, a pesar de organizarme súper bien, de buscar la eficacia e incluso de poner límites. Creencias, como por ejemplo que, por el sueldo que ganaba debía dar ese 300% hacían que el boicot apareciera cada 2×3.

Otra de las cosas que me ayudó fue el hecho de pensar que la frase “no tengo tiempo…” en realidad era una excusa para no hacer aquello. Todos tenemos 24 horas, así que en realidad todos tenemos el mismo tiempo y depende de nosotros en qué lo empeñemos. Si yo no hago algo es porque no lo priorizo. Así que empecé a analizar qué tipo de cosas había en aquellos “no tengo tiempo de…” y a analizar si estos estaban alineados o no con mis valores y objetivos (ya fueran personales como profesionales). Por ejemplo, decía que no tenía tiempo para hacer ejercicio porque priorizaba hacer horas extras, pero luego me sentía mal por el estrés y la falta de movimiento.  Así que, como uno de mis objetivos entonces era encontrarme mejor, empecé a priorizar salir a la hora al menos 2 días en semana para ir al gimnasio.

Y es que, en realidad, el estrés continuado tampoco ayuda a ser más productivo. Nos sentimos más agotadas y puede que nos cueste más concentrarnos en determinadas tareas, puede hacernos fallar más, hacernos estar más a la defensiva y meternos en discusiones que no llevan a ninguna parte… En cambio, en los cursos de alto rendimiento y gestión del tiempo que he realizado, nos animaban a tomar descansos cada hora, a alimentarnos mejor, a cuidar las horas de sueño, etc. En definitiva, a cuidarnos y a estar mejor. Enfocarnos más a una gestión de nuestra energía, en lugar de poner tanto foco en gestionar nuestro tiempo.

En esta misma línea, descubrí que los ciclos naturales tienen bastante impacto en nuestra energía y que, además, puede ser muy diferente para cada persona. No nos encontramos con la misma energía por la mañana que por la noche, en invierno que en verano, durante la fase de ovulación que durante la de menstruación… Observar cómo estás en cada momento te ayuda a saber cuándo es el mejor momento para hacer cada tipo de actividad: las que requieran de mayor concentración, creatividad, comunicación, etc. 

Por supuesto, también hubo ciertas estrategias o trucos que me ayudaron a organizarme y priorizar mejor para acercarme más a los objetivos con menos esfuerzo, pero creo que cada uno tiene su propia forma de ser y de actuar, por lo que no a todas nos ayudan las mismas estrategias.

En cambio, considero que dedicar tiempo a analizar los aspectos compartidos (revisar los límites, las vivencias y creencias, las prioridades, el estrés y los ciclos naturales),  pueden llevar a un autoconocimiento y crecimiento personal que tendrá beneficios tanto en lo laboral como en lo personal.

Si quieres conocer los trucos y aspectos que me ayudaron a mejorar mi gestión del tiempo, puedes ver este vídeo en el que comparto 13 tips más allá de la gestión del tiempo.

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Nos preocupa la productividad

En estos días de «teletrabajo» debido al confinamiento, el 71% de las mujeres está preocupada por su productividad.

La conciliación es lo que más nos inquieta en estos delicados momentos. Y es que, si ya nos preocupaba antes del confinamiento, en estos últimos meses se ha convertido en uno de los grandes temas de conversación en los grupos de whatsApp de padres.

Según datos de la encuesta que he realizado a más de 160 mujeres, además de la conciliación, los aspectos que más nos preocupan son: tener un buena gestión de nuestro tiempo y poder acabar todas nuestras tareas diarias.

¿Cómo nos organizamos?

Parece que el hecho de priorizar las tareas que tenemos pendientes, planificar nuestro día y crear una lista de To Do’s son las técnicas que más utilizamos para organizarnos y ser productivas. Pero parece no ser suficiente. Pues incluso la mayoría de mujeres que indicaron haber realizado algún curso de productividad, dicen seguir sintiéndose preocupadas por ella.

¿A qué se debe?

En mi opinión, se debe a que la productividad, no tiene que ver sólo con el hecho de poner en práctica ciertas técnicas que nos ayuden a organizarnos mejor y a gestionar nuestro tiempo de forma óptima, sino que va mucho más allá.

En mi experiencia, la productividad también tiene que ver con poner límites, con confiar unos en los otros, con observar nuestros ciclos naturales y ver cómo está nuestra energía en cada momento, con poner conciencia en aquello que nos incomoda o necesitamos cambiar, con encontrar el balance en los polos opuestos… Tiene que ver con cómo somos y cómo nos gestionamos ante la vida.

Si te apetece saber más acerca de mi experiencia con la productividad, apúntate gratis a la charla online «13 consejos sobre gestión del tiempo» que ofreceré el próximo viernes, 12 de Junio a las 19h.

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Las emociones de nuestros hijos durante el confinamiento

Estos días no dejamos de oír palabras como coronavirus, infectados o confinamiento, mayoritariamente, en un contexto negativo. Es lógico, dada la situación, pero debemos tener en cuenta que esto genera estrés, tanto en nosotros como en nuestros hijos. 

Ellos, quizá no tienen la capacidad de explicar cómo se sienten y, por ello, guardan su preocupación, su enfado o su tristeza. En ocasiones, puede que no lo expresen verbalmente, pero sí que se estén mostrando más sensibles o irritables que habitualmente, ya que canalizan su estado emocional a través de estas reacciones. 

En otros casos, puede que sí que estén expresando sus emociones utilizando la comunicación (verbal o no verbal) pero, en esta comunicación, estéis pudiendo observar una carga de rabia o tristeza importante. 

El poder que tienen las palabras en nuestro estado emocional e inmunológico es muy potente. Estudios en psiconeuroinmunología (PNI) demuestran que los receptores de las células del sistema inmune son los mismos receptores que tienen las neuronas. Por eso, nuestros pensamientos, las palabras que decimos, que oímos y que nos repetimos mentalmente, impactan no sólo en nuestro estado de ánimo, sino también en nuestras defensas. 

Por ello, he querido buscar algunos ejercicios que, como padres, nos ayuden a que nuestros hijos puedan reducir su nivel de estrés, ofreciéndoles la oportunidad de expresar sus emociones y  de positivizarlas a través del juego. En todo caso, como mínimo, ¡pasaréis un rato entretenido! así que, vale la pena probar.

Espero que disfrutéis de un buen ratito en familia y que estas propuestas os ayuden a dar salida a las emociones de vuestros hijos (e incluso a las vuestras!).

Si, además de este tipo de propuestas, les ayudamos a tener sus necesidades básicas cubiertas (podéis ver aquí un breve vídeo con consejos de Mónica Felipe-Larralde) y podemos estar emocionalmente disponibles para que se sientan seguros (que, en mi opinión, es lo principal en estos días), aún nos resultará todo más llevadero.

Pero estar emocionalmente disponible puede que nos cueste más que habitualmente. Las diferentes y complicadas situaciones por las que estamos pasando muchas familias, el teletrabajo, el hecho de querer seguir una rutina escolar en casa, el bombardeo de información, etc., no nos ayuda a estar en nuestro mejor estado emocional.

En este sentido, creo que es clave que podamos encontrar un punto de equilibrio entre la obligación y el tiempo libre, entre la conexión a pantallas y la conexión con nosotros mismos… Como dicen ahora <<es momento de dejar de salir hacia afuera y de ir hacia dentro>>, pero no como otra obligación más en nuestra lista de tareas. Si no sentís que eso es lo debéis hacer, no lo hagáis. También está bien. No hay que forzar nada.

Pero si os sentís desbordados, me gustaría tenderos la mano virtualmente e invitaros a hacer una sesión de coaching online gratuita o a escribirme si queréis que os envíe algunos ejercicios para vosotros. Puedes hacerlo al email noemi.martin@femmeveu.com.

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¿Te enseñaron a sentirte vulnerable? ¿O que debías ser superwoman / superman?

Nuestra sociedad apela al coraje, a la valentía, a la fuerza… Pero ¿Qué sucede cuando, en momentos como los que estamos viviendo, te sientes vulnerable? ¿Sientes rechazo? ¿Te enfadas o entristeces? ¿O por el contrario te sientes en calma?

La vulnerabilidad no suele ser tan bien recibida en nuestra sociedad. Sin embargo, coraje y vulnerabilidad van unidos, aunque a simple vista no lo parezca. La investigadora americana René Brown lleva dos décadas estudiando el coraje, la vulnerabilidad, la vergüenza y la empatía. Ella define la vulnerabilidad como la sensación que tenemos cuando nos sentimos inseguros, en riesgo o expuestos emocionalmente. A lo largo de estos años de estudio, observó que se puede medir científicamente el coraje de una persona por cuán vulnerable está dispuesta a sentirse. Si tienes una cuenta de Netflix, te invito a ver el especial “Sé valiente”, donde la investigadora habla de ello en profundidad (puedes ver el trailer oficial, aquí). 

Según la Ley de Polaridad, todo tiene dos polos que suelen etiquetarse como positivo o negativo. Estos, suelen entenderse como contrarios pero, en realidad, son complementarios. Normalmente, necesitamos experimentar cada polo por separado antes de llegar a conseguir el equilibrio entre ambos. Por ello, si queremos experimentar el coraje, debemos abrirnos a sentirnos vulnerables, ya que enfrentarse a ciertas situaciones conlleva la posibilidad de sentirnos en riesgo, inseguros o expuestos. 

¿Quiere decir esto que debemos ponernos en riesgo voluntaria y contínuamente? Lógicamente no. El ejemplo claro de estos días es la carga viral. Arriesgarme a salir y exponerme continuamente a la posibilidad de contagiarme con el COVID-19,  no quiere decir que seas más valiente que otra persona. En mi opinión, el coraje no está en decidir obviar que me siento vulnerable porque me expongo al riesgo, sino en afrontar esa vulnerabilidad y, en lugar de ponerme esa coraza haciendo ver que me siento valiente o inmune, tomar la decisión de, por ejemplo, quedarme en casa a pesar del impacto que va a tener en mi negocio.

Pero ser superwoman o superman en este siglo, parece significar que debemos evadir nuestras emociones para no sentirnos pequeños y creer que podemos con todo. Y tan sólo la muñeca de plástico de la foto podría sobrellevar esto sin pagar un alto precio por ello. Evadir tus emociones tiene consecuencias tanto físicas como emocionales (puedes leer más acerca de ello en este artículo de La Vanguardia).

En ocasiones, cuanto más tratamos de evitar una emoción, más fuerte se manifiesta. Tomar conciencia de lo que nos quiere decir esta emoción es importante para mejorar nuestro bienestar emocional. Hay un ejercicio sencillo que me gusta practicar cuando me ocurre esto. Le llamo “personificar la emoción” y consiste en cerrar los ojos, conectar con la emoción e imaginar que toma forma de persona. Me pongo enfrente de esa persona/emoción y hablo con ella. Le pregunto ¿Qué necesitas? ¿Cómo puedo ayudarte? ¿Por qué te expresas de esa manera?… Suele darme pistas clave que me acercan a la comprensión y la liberación de la emoción.

En estos momentos, la vida nos está pidiendo revisar todos los sistemas; incluido nuestro sistema de creencias. La falta de libertad física al no poder salir a la calle, el sentirnos inseguros ante la posibilidad de enfermar o de perder nuestro negocio/puesto de trabajo, entre muchas otras situaciones que estamos viviendo hoy hace que nos sintamos más vulnerables de lo que estamos dispuestos a aceptar. Aprovechemos esta oportunidad para revisar nuestras creencias respecto a la vulnerabilidad; empezando por dejar de asociarla a debilidad y ligarla al coraje. Analicemos también ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Por qué ese resultado es tan importante para nosotros? ¿Está alineado con nuestro sistema de valores o prioridades? Quizá todo ello nos dé algunas pistas para desmontar trampas emocionales y empezar a conectar con la calma.
Necesitamos abrazar nuestra vulnerabilidad y, desde la confianza, ver las oportunidades que nos brinda el momento, positivizar la situación y movernos hacia el polo del coraje. Porque la vulnerabilidad es el lugar de donde nace el coraje. Y, como dice una antigua leyenda: “esto también pasará”. Es tu decisión aprovechar el aprendizaje o quedarte en tu zona de “confort”.